Sonata de otoño

Escrito por on julio 8, 2014 in Cine | 0 comments

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Año: 1978
Dirección: Ingmar Bergman
Guión: Ingmar Bergman
Reparto: Ingrid Bergman, Liv Ullmann, Lena Nyman, Halvar Björk

 

Catárquica

El papel de la maternidad sujeto a revisiones desde las deudas contraídas. Y en el aire una cuestión que Sade propuso para los restos tan acertadamente: ¿El crimen que nos hace felices o la soga que nos impide ser desdichados?
Sonata de otoño pasa por encima con una fuerza avasalladora y una tensión creciente. Con un guión demoledor, no precisa más despliegue escénico que el propio despliegue gestual de los personajes. Es sobria en su composición de escena, cediendo todo protagonismo al torrente interior de sus dos protagonistas, a las que enfrenta en una dicotomía extrema: lo horrible frente a lo miserable.

 

Las protagonistas

Hay una definición exquisita de los personajes principales desde sus primeras apariciones. Antes de todo parlamento la caracterización ha dejado ya claros los roles.

Eva (Liv Ullmann) es un retrato de la inseguridad y del carácter mermado dentro de un matrimonio decididamente correcto y escrupulosamente distanciado. La fragilidad y la necesidad de aprobación constante tililan en las manos con las que acomoda obsesivamente sus enormes gafas; podrían sobrar las palabras. Desde el primer momento aparece excesivamente inquieta ante la visita de la madre; preocupada hasta el ridículo por las impresiones que pueda suscitar y revelando así una actitud servil añadida a su estar apocado. Y Eva es también la encarnación de lo horrible porque se ha enfangado en la enfermedad y en la muerte como destino inevitable.

Charlotte (la magnífica Bergman), en contraposición, aparece deslumbrante, arrolladora, carismática, manejando con soltura su primera aparición en esa bienvenida incómoda. Domina todas las escenas, se presenta resuelta y mostrando un histrionismo que la ha hecho tan genial como exasperante. Es egoísta y sobreactuada; siempre muy estudiada y medida. Y nunca llega sino que irrumpe, pasando con sus pequeños dramas personales por encima de otros dramas, y sólo de puntillas, pues una carrera de pianista laureada la mantiene tan instalada en el éxito profesional y en el aplauso, que desconoce la hostilidad frontal y tiende tanto a la evasión como a la huída. Charlotte representa, en este sentido, lo miserable.

El duelo

Porque el discurso narrativo de la película sigue un camino reconocible: la presentación de las dos personalidades que van a enfrentarse en esta hora de querer saldar o de expiar la culpa. Es la historia de una hija atemorizada por la grandeza de la madre, que se rebela pero no rompe; tal vez sea redundar en la cuestión occidental de la intensa relación del hombre con Dios o el absoluto.

En definitiva pura Europa, puro Bergman.

 

 

Escucha el debate sobre la película aquí.

 

 

 

 

 

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