Jueves XI

Escrito por on noviembre 8, 2018 in Los jueves de la calle Feria | 0 comments

 

reloj sol

 

 

 

 

 

 

 

Ahora toca ajustar las cuentas que no salen y las autoridades se ponen caprichosas. Ya clausuraron los domingos que a más de uno nos había salvado cuando se nos echaba encima la semana y no teníamos provisiones. Las fuerzas del orden tomaban las esquinas y todo se volvía espera y anticipo. ¡Es siempre tan literaria la amenaza!. Suerte que el fusil seguía en mis manos.

El Barón y Nati se habían hecho inseparables. Los encontré el jueves, temprano todavía, abrigados frente al sol recién aparecido. Bebían licor de guinda, una exquisitez del recetario habitual de un convento de Cazalla.

_Los Diezmos ¡Cómo no! ¿O es que creerías que iba a llegar más lejos la limosna?

«¡El Barón y la retórica!”», pensé en ese momento queriendo sostenerle la mirada. Pero esos dos podrían prestar bríos a un escuadrón dinamitero y yo estaba en horas bajas. Les envidiaba la energía con que arrastraban la cojera y los pulmones y, aunque me había levantado diligente y tenía que abrir El Autómata antes de que llegara la rubia con las de feministmo para la nueva campaña, me senté con ellos en el velador del Ambigú y me dejé conmover por los sabores anisados y ensombrecer por la altura intelectual de sus posesiones.

_El aforismo, Rebeca, es el futuro. ¡Declaremos la guerra al pensamiento basto! ¡Destilemos!

Nati asentía amarilla y con los ojillos redondos,  y me miraba con la fuerza de una reata de mulas. Sobre la mesa se empañaba una lente de aumento y un Tempus fugit bajo el busto diminuto de un Virgilio de mármol nos helaba el cuerpo. Nadie quería pensar en los días contados de Nati, que estaba tan recién llegada que dolía; pero la Calle Feria tiene la costumbre del guiño incómodo y la vieja, a pesar de lo debido y lo oportuno, se nos escapaba.

_Olvida las ocurrencias de Darnaude -Me decía ella-.  Y, por favor ¡prescinde de una vez de la metáfora!

Casi gritó y, dadas las circunstancias, aquello no podía ser más que testamento. No sé en qué momento pasó del júbilo a la irritación, pero agarró su vaso de licor casi vacío con una mano y con la otra su botella de oxígeno y se fue con decisión a husmear entre las tiras de encaje del puesto de enfrente.

_Todo se ha vuelto vanidad y aflicción de espíritu._ Dije en voz alta.

Lamenté esta vez el destino de las obras de los hombres sobre las mantas caóticas del jueves y le atribuí a Nati una melancolía falsa que tenía más que ver con mi vida que con su muerte.

_¡Cruza mujer! A ver si encuentras por aquí un entredós de tul o un dentelle de Calais para la mortaja.

El barón me levantó de la silla dándome con el tiento en las costillas como se da a las cabras y fui a ayudar a Nati mientras, sentado, nos observaba y se reía sonoramente a carcajadas.

 

 

 

 

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