Jueves x

Escrito por on abril 6, 2017 in Los jueves de la calle Feria | 0 comments

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Rompió. Y cuando ya eran costumbre el quicio y los abrigos y había palidecido casi del todo nuestra piel, se abrió la persuasiva flor de los naranjos. Así, como una fractura en la corteza terrestre impidiendo nuestro avance hacia el invierno definitivo al que irreflexivamente nos encaminábamos todos los años. Pero la primavera es siempre redentora y estábamos en marcha; las crisis nocturnas haciendo acopio de preguntas no eran tan frecuentes y Darnaude nos había legado el Tarotín para pulverizar las rémoras o disipar las dudas.

_ ¡Por los proyectos cercenados!

Era ya casi mediodía y Darnaude no se había acostado. Traía un chivito tierno aún con el cordón umbilical y el tono fingido de su aclamación venía cargado de reproche. Ratzinger no se paró. A ninguno de los dos le interesaba la belleza sostenida de nuestro escaparate porque no planteaba desafíos; y eso que la rubia y yo nos esforzábamos. Juntas éramos más eficaces que un batallón de zapadores tendiendo puentes hacia nuevos erotismos.

Un Mehari blanco aparcó entonces encima de mi acera. Comprobé, no sin asombro, que el piloto era El Barón a pesar de su cojera y que bajaba solo para abrir con una cortesía tan demodé como el vehículo, la puerta a Nati como si fuera la moldava. El gesto con la vieja reconfortó mi esperanza mientras olvidaba por un momento que El Barón iba a comisión. Salí a la calle a recibirla, le ofrecí mi brazo y juntas despedimos al Barón que, con el coche en marcha y la comisaría enfrente, nos decía adiós con la muleta.

Nati es casi divina y su dicción es perfectísima; posee el brillo último de las tracas finales. Está cargada, como lo está Europa, de oscuras capas de significado. Hipersignifica sí. Y guarda el atractivo remoto de lo incomprensible y lo contradictorio cifrado en los estampados barrocos de sus pañuelos de Hermès. Me hablaba agitando esas manos ágiles que yo suponía armadas solo de cartílago y que resultaban ideales como soporte del muestrario; llegamos a temer que tanta sensualidad manual tornara prescindible hasta la gama más alta de nuestros productos. Asumimos el riesgo porque también estaban la conmiseración y la vergüenza y El Barón liderando la causa justa que aligeraba su bagaje de burgués ex-comunista.

Esperamos a que llegara la rubia para empezar la primera instrucción. Darnaude ya nos había advertido que la vieja había vuelto al desayuno con whisky desde que nos habíamos asociado, por eso preferí no ofrecerle destilados hasta que no acabáramos. Se acomodó en el sillón trenzado de ratán que Serguei había traído después de una de sus misiones en Camboya; al Jueves -que es destino- llega todo, pero yo nunca encontré un asiento parecido, a pesar de que Rodrigo dio la voz y Habermas se aplicó con astucia cegado por la idea de contemplar allí a la rubia. Nati no echó de menos el whisky y se entregó a una defensa nacional que no respondía por ataque sino por costumbre. Los del plató perverso aquel, de rancios ganadores de donde la sacó El Barón, la habían instigado a esta locuacidad de fogonazo y de galope siempre sobre el mismo relato capaz de escupir causas como una Remington 870. Yo la escuchaba complacida por su genio chispeante aunque cargaba contra las casas malfamadas que tan buen servicio nos hacían. La dejé hablar y hacer; era tan animal como la rubia y auguraba éxitos rotundos al negocio. Pero no fue la caja sino su magnetismo oral lo que le perdonaba todo. Su argumentario fácil construía rápidamente realidades y había que atarla corto, tal es la autoridad subestimada de la encarnación del verbo; pero estaba decidido. Pasado el Ángelus el sol encaraba nuestro escaparate y su radiación directa destacaba el sillón sobre todas las delicias de El Autómata. Los párpados de Nati, ennegrecidos con kohl, desplegaban su velamen languideciendo por esa evocación mendaz de los tiempos pasados y sobre todo por el calor. Estiró los brazos, corrigió su postura y se desanudó el pañuelo, arrojándolo después sobre el expositor de las tarjetas de visita.

Pude leer: Cuarto Regimiento de Ingenieros. Y distinguí cantones con castillos y leones y lo que parecía el escudo de la Casa Real.

_¿De dónde lo sacaste?. Por un momento pensé que era otro de tus pañuelos numerados.

_¡Querida! Si este país sigue llenándose de rojos sé que es la voluntad de Dios que vele por la conservación del patrimonio.

Mantuve el gesto como pude tratando de ubicar la acción y de salvar a Habermas en esta hora en que me parecía ya demasiado culpable. Escribí a Serguei para que atara cabos pero también para que se presentara con urgencia con la Yashica.

La rubia estaba en camino con los nuevos estimuladores y el mascarón de proa de la televisión beligerante dominaba nuestro sillón Emmanuelle con una Bandera Coronela más altivo que la Victoria de Samotracia. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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