Jueves VIII

Escrito por on febrero 16, 2017 in Los jueves de la calle Feria | 0 comments

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Peonzas de madera diseñadas por Piero Lissoni

 

Nadie creyó nunca que escaparíamos del jueves. Pero llegaron el frío y las proposiciones de la ciudad en celo y todos fuimos abandonando.

_ Recaerás Rebeca porque para nosotros no hay remedio.

Conté las vainas y cerré la caja, y me giré para responder a Darnaude.

_ Tenemos los finales de las óperas.

Soltó una carcajada de sabio descreído y con el dedo acusador me señaló la caja.

_ Tiene usted un arsenal de material obsceno. Es todo.

Dio media vuelta y subió la cremallera de su cazadora cruzando el umbral sin despedirse. Rumbo a la Calle Feria, lo vi por el escaparate alejarse con un paso impropio y resignado. No es que Darnaude careciera de voluntad para eludir el jueves, es que Darnaude era todavía Jueves. Ya habíamos hablado varias veces de la vuelta al cuerpo y él seguía parapetado con la integridad de una única postura: aquella era una ruta innecesaria. Pero el nuevo negocio, aunque carnal, se podía considerar al margen. La rubia y yo, lejos de echarnos a la calle como alguno hubiera podido interpretar pensando por atajos, solo apostamos por inflamar con ayuda y hacer posible el milagro cotidiano. No regentábamos un lugar cualquiera, leíamos a Safo y a Catulo y además, El Autómata dejaba dinero para pagar las deudas que Habermas, por otro lado, parecía perdonar.

Sí, ese Habermas actuaba entonces de un modo extraño; a su entender peregrino, aquel detalle del fusil le daba potestades y se enseñoreaba cada vez que la rubia cruzaba su puesto al salir de casa. Puede parecer increíble una permuta en El Jueves -y todavía hoy desconocemos el acuerdo al que llegó con Rodrigo- pero cubre desde primavera con su damasco azul el trozo de acera bajo el balcón de la rubia. Sé que no tenía ninguna prisa por cobrarse el rifle aunque la policía se le pusiera impertinente; era bastante fácil advertir que su siniestro plan trataba de alargar la deuda. Por si acaso creo que grabó conversaciones. Además exhalaba un frescor de bains inhabitée y una paciencia que desconocía el recato y siguió con diligencia sospechosa el arranque del negocio. Y en esa complacencia vil de su estudiada caridad nos puso en contacto con varios artesanos turcos que nunca habríamos encontrado nosotras por nuestra cuenta. Habermas jugaba al trompo con nuestro destino inmediato que había estrechado ya la punta a su limosna. Girábamos, la rubia y yo, como en un tango de Santos Discépolo movidas por la fuerza angular de otra ficción de altura y obviando que solo él tiraba de la cuerda.

Nuestro camino empresarial tenía la estrechez que tiene la hoja de una navaja pero dejaba ver algunos horizontes. Habría sido una torpeza sobrestimar la dignidad con Habermas y rechazar el contacto con aquellos proveedores. Fue un arribismo necesario. ¡Los artesanos procedían de la diáspora de un círculo humanístico!. Y el mejor era, sin duda, el zurcidor milesio; trabajaba por placer y por encargo y, pasados los ochenta, había quedado definitivamente ciego. Lo conocimos personalmente porque nunca aceptó otra forma de cerrar tratos. Aquellas expediciones anatolias tenían, además de los motivos litúrgicos -que existieron, estoy segura- motivos comerciales de frontera. Una obra de Cario no hubiera pasado nunca un control de calidad decente y fue aquella cuestión vulgar la que nos condujo al estraperlo. Hicimos viajes solo para dos piezas y las guardábamos en las maletas como objetos de aseo personal triviales. Suerte que el viejo Cario nunca lo supo. ¡Él, que había trascendido su condición de artesano y ahora apuraba una filosofía del gusto! Y afirmaba que un objeto que tenía como fin último el placer, tanto más valía si ya desde el placer se iba gestando. ¡Ay! Y así zurcía, todo tacto, solo cuando su aguja sentía la necesidad violenta de puntear el cuero. Lo decía arrebatado, y acumulando su salivita espesa en la comisura de la boca, y la rubia y yo nos acordábamos de El Barón y nos avergonzábamos un poco por el destino soportable -o no- de los tesoros que adquiríamos. Sin poder sacudirnos el pecado original de los estetas y como si un Dios perfecto creador nos vigilase, en un gesto dedicado acomodábamos las obras del autor sobre la lencería fina de La Perla que comprábamos siempre a la ida en las duty free del aeropuerto. En esos días hicimos grandes amistades.

 

_¿Tendremos el diseño esta semana? Los carpinteros solo pueden garantizarnos la entrega en plazo si los planos llegan antes del 13.

La rubia, además de creativa, era buena empresaria. Yo llevaba meses calculando la sección perfecta sometida a las tiranías áureas del tratado de un príncipe rumano que El Barón me había conseguido. El molde estaba casi listo, apenas quedaba definir el acabado del apoyo aunque necesitaba todavía comprobar que el facilitador daba la talla; pero ¿Qué talla?. La rubia había pensado en todo, no se quedaba nunca en el arranque, y me forzó a dibujar con precisión el perfil del usuario. Pronto estuvimos de acuerdo en advertir que la juventud desdeña la estructura y, sin haber discurrido mucho más, inauguraron enfrente de El Autómata un Salón de estanqueras y de viudas.

_Tranquila rubia. El jueves estará listo el escaparate.

 

 

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