Jueves VII

Escrito por on diciembre 10, 2015 in Los jueves de la calle Feria | 0 comments

vaina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las dos cosas  más difíciles de El Jueves son: primero, averiguar el precio real de lo que se vende y segundo, saber por qué la gente acaba aquí. El Jueves es destino. Darnaude lo decía todo el tiempo y lo solían repetir las cartas.  Yo no pensé que tuviera una razón última pero después de lo del fusil de asalto tuve que ser humilde y asentir. Entonces pensé si no éramos también nosotros como un grupo de elefantes mitológico buscando un lugar final donde concluir.

_¡Me estás pegando la nostalgia Darnaude!

_Demasiados jueves, Rebeca.

La obviedad que manifiestan los sabios o los viejos cuando te señalan “¡Si eso era campo!” es exasperante. Y es  que parecía que Darnaude, Habermas o El Barón llevaran en El Jueves desde el principio de los días cediendo información con cuentagotas.

Después del altercado todos desaparecieron unas semanas. El Barón estaba especialmente ofendido. Yo seguí acudiendo a La Calle Feria y descuidé con toda la intención mi aspecto para mejorar las adquisiciones. Los veteranos se la habían jurado a los burgueses y sólo en zapatillas podía comprarle al bosnio carey cubano sin que me recriminara el gusto. Repetí la hazaña otro jueves con un cortavientos de caballero, desgastado y de propaganda, y conseguí tres gorros de castor por menos de tres copas en El Hércules.

Uno de esos días de diáspora, fui a ver a la rubia. Toqué el timbre  y pasaron unos minutos sin respuesta. No insistí porque admiraba sus composiciones y podía perdonarle hasta la inclemencia de no abrir la puerta en soledades como esta. Bajaba ya las escaleras cuando por fin abrió. Se veía cansada y muy doméstica; pasamos al estudio y preparó té. Saqué uno de los gorros de la bolsa y se lo dí. A la rubia todo le cae bien. Se lo puso mirándose en el espejo, sacó una polaroid que había comprado a Habermas y se fotografió. Era un animal estético.

_¿Traes algo?

_Setenta_contesté de inmediato.

_ Será suficiente por el momento. ¿Has pensado ya cómo lo vas a hacer?_Guardó el dinero en una pequeña vaina para cañón que usaba de billetero y se sentó en la alfombra.

La rubia se lo tomaba en serio. Con todo era igual. Por eso era tan convincente aunque llevara vestidos con canesú o camisetas de iconos infantiles. Agaché la cabeza y caí en el trampantojo del suelo hidráulico.  Recordaba las tardes más brillantes en los bares a la salida de algún seminario. La rubia dejaba boquiabierto al personal. Enumeraba  los últimos principios liberales de Von Misses que habíamos leído y hasta los de Democracia y Participación se preparaban para meditar las nuevas tesis  y callaban; a mí me hubieran atropellado con mil réplicas al primer tartamudeo.Pero la rubia no tartamudeaba. Hablaba muy despacio y muy bajito, y siempre con gravedad.  Me preocupó entonces esta afectación excesiva de sentido del humor; la enfermedad sardónica que teníamos todos menos la rubia y que nos volvía tan gráciles como poco creíbles ante Los Otros _Los Otros son por lo visto el mundo que unos dicen que hay cuando termina El Jueves_.

_El suelo lo escogí yo._Sonó elegíaco y yo no pude contenerme.

_”Nadie puede abrir semillas en el corazón del sueño.”

_¿Qué dices?

_Nada rubia, que tú siempre fructificas.

_ No sé de qué hablas pero aún no me has contestado.

_Tengo a Darnaude_dije firme_ él sabe disparar,  pero no entraré en detalles todavía. ¿La vaina te la consiguió Habermas ?¿Es de un cañón alemán?

_¡Que va! es de un antiaéreo hispano suizo del 44.

 

No sé cómo la rubia podía aceptar tan naturalmente esa respuesta sin reírse. Si había alguna posibilidad de que la realidad, o el peso de lo generalmente aceptado, validaran el cese de nuestra existencia yo no tenía todavía valor para cercarla. Claro que cabe suponer también que la rubia se estuviera trastocando. El roce, ya se sabe, libera condiciones, iguala.

Agarré la vaina que estaba muy bien pulida para verla. La rubia debió pensar que yo acariciaba la suerte de un salvavidas; demasiada trascendencia que el humor no alcanza. “Demasiados jueves” que diría Darnaude.

 

Verdaderamente yo le tomaba la medida a la vaina aquella tarde. Estaba preparando un arsenal de autonomía femenina para aflojar el rictus de los mitómanos y las casadas.

 

 

 

 

 

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