Jueves VI

Escrito por on noviembre 26, 2015 in Los jueves de la calle Feria | 0 comments

 

Gentilhommes-Duc-d-Orleans

Les Gentilshommes du duc d’Orléans dans l’habit de Saint-CloudH.F. Philippoteaux

 

Hace unas semanas que el aire aquí se ha enrarecido. El martes por la noche Rodrigo me respondió que no vendría. Darnaude anda soñoliento y Habermas no monta aunque todavía le debemos pasta. El Barón está de racha en el casino y Ratzinger se ha ido a saquear un poco Roma. La rubia, desde lo del canalla, se ha impuesto un encierro creativo y la Restiputa solo piensa ahora en una depilación definitiva.

La última vez que nos reunimos había mar de fondo. No fue algo organizado. Llegamos por goteo al Ambigú, que está casi en la meta de la carrera del Jueves si uno lo recorre mirando al norte. Pasé antes por el puesto de Rodrigo a recoger libros de expurgo; me dijo que apartó para mí el de ciudades europeas pero alguien lo cambió de sitio. No quise esperar porque hacía frío y me fui a arrancar ilustraciones al Ambigú que ya tenía puestas las estufas en las sombrillas para el invierno. Darnaude estaba allí. Me senté a su lado y sacó del bolsillo un puñado de piececitas muy bien talladas.

_Marfil de mamut. Los dos alfiles, un caballo y una torre.

_¿Mamut?¿Cómo puedes saberlo?

Darnaude me mostró mejor la torre que estaba descabezada y me habló de cortes transversales y de ángulos de Schreger para identificar marfiles de especies extinguidas. Las piezas las trajo Habermas, aunque se las había comprado de madrugada al bosnio. El Barón apareció al rato; había hecho dinero esa mañana vendiendo la Carta Dell’Africa Orientalle  de un atlas italiano y, aunque era todavía muy temprano, nos propuso comer y beber vino. Ratzinger vino a dejarnos un catálogo de terracotas por las que iba a pujar en una casa de subastas y remoloneó hasta que El Barón le invitó a quedarse. Silbamos a la rubia que no traía jueves pero lucía hermosa y el camarero sugirió juntar dos mesas. Sé que Habermas acudió sólo atraído por la rubia. Rodrigo, de recogida, pasó a dejarme el libro y a la Restiputa le telefoneó alguien.

Cuando llegamos a los digestivos y al café aún no habían restablecido el tráfico. Habermas sacó una caja de Partagás del no. 4 que tenía abierta y fumamos todos. Hablamos de los vencidos y la rubia recitó algo, casi cantando, con la voz requemada por las copas.

_¡Ya era hora de que llegaráis a Miguel Hernández!_Clamó El Barón grandilocuente.

Darnaude se levantó y brindamos todos. Y antes de terminar el brindis cayó sobre la mesa una dentadura postiza que parecía estar aún caliente y húmeda.

_ ¡Burgueses! ¡ Sois todos una panda de burgueses!

Desde la acera de enfrente un veterano del jueves desdentado nos increpaba a todos.

 

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