Jueves V

Escrito por on noviembre 19, 2015 in Los jueves de la calle Feria | 0 comments

 

maniquies

 

Había llegado el frío y la rubia cerró por una temporada los balcones. Le encargó por teléfono a Rodrigo género pesado para las cortinas y tabaco. Habermas seguía montando debajo de su casa, cada vez más impertinente porque, en su controlada desesperación, nos empezó a hacer a todos portadores de mensajes para la rubia. A todos menos a la Restiputa.

La aparición de Arturo trajo cola. No vino solo, sino que arrastró hasta aquí a la modelo retirada.

Entraron por el estrechamiento de Feria y Darnaude fue el primero en verlos desde el puesto de Ratzinger. Reconoció una modelo y un agregado. Es curioso comprobar los pocos elementos que necesitamos para identificar a algunos. Con cien metros de distancia ruidosa_distancia de jueves, que multiplica por 3.5 la distancia_ Darnaude sólo necesitó una altura disonante, unas gafas oscuras y un pelo relamido para leerle la condición a la modelo,  y un paso napoleónico supeditado al mando de unas piernas cortas para saber que el otro era un sidecar envalentonado.  Observó algo extraño en la forma de caminar de ambos.

_¡El escritor de éxito!_ apuntó Darnaude, ampuloso y con sorna, cuando tuvo a la pareja delante.

Se saludaron con corrección. Arturo quiso fingir un mesurado afecto y propuso tomar algo en El Vizcaíno.

Ratzinger le dio un puntapié al casco de Loewe procurando que rodara hacia las cajas de atrás e hizo aspavientos con las sedas para distraer la atención de la modelo que ya curioseaba. La entretuvo con los falsos damascos de unas casullas de segunda. Era incolora y, sobre todo, completamente ajena al espectáculo.

_ No te pregunto por ella. Doy por supuesto que sigue aquí_ dijo Arturo casi sin mirarle y levantando la mano para llamar al camarero.

_ ¿En el mundo de los vivos? ¿A eso te refieres?_continuó Darnaude burlón.

Arturo se refería al Jueves. Egoísta como era, yoísta hasta los tuétanos, nunca se le ocurrió pensar en el destino de la rubia. La suponía aquí para no tener que hacer el esfuerzo de pensarla en otra parte.

El canalla daba ahora explicaciones, como si Darnaude fuera el protector de la rubia y le importara. Le contó que se fue por el desgaste, porque los dos eran artistas y ya se sabe, por la falta de dudas que asola la intimidad hasta dejarla al descubierto… y siguió varios minutos enumerando un sinfín de escuálidos pretextos. Olvidó que Darnaude era inflexible con los asuntos del jueves y que perdía la paciencia tan pronto como el reloj daba las 00:00 h. Irritado pero flemático en el gesto, buscó en el bolsillo interior de su chaqueta.

_¿Gustas?

Arturo calló. Darnaude cerró la cajita de rapé. Y acomodándose el tabaco de aspirar entre su índice y su pulgar se fue a la calle.

 

_ ¡No vas a creer lo que he sido capaz de encontrar en este charity place!

Apenas pudo reaccionar al desplante provocador de Darnaude cuando la modelo le sorprendió en la barra del bar con el casco de Loewe en la cabeza. El expolio cogía forma y nombre. Pagó la cuenta, tomó del brazo a la modelo confundida y salió más decidido que nunca a firmarle los últimos papeles a la rubia y a recoger sus cosas.

En la puerta se había formado un gran revuelo porque corrió el rumor de que la modelo era la moldava. El Barón llegó casi sin aliento y sin muleta, y abordó con preces a la modelo que continuaba con el casco puesto. A pesar de seguirla con dificultad implorándole clemencia, ella no se detuvo. Arturo se abría paso con soberbia y calentando el ánimo. Hubo algunos empujones que hicieron perder el equilibrio a la modelo. Intentó parar para quitarse el casco porque no veía, pero Arturo tiró de ella sin cuidado. La Restiputa pasó afeitada y vana con su astracán recién sacado para el  invierno y la modelo tropezó con el perro y cayó encima. El animal se lamentó con un aullido agudo y el casco rodó hasta el umbral de la casa de la rubia.

_ ¡Pero si ésta no es la Moldava!_ Bramó El Barón tan estafado que ni ofreció su ayuda.

Arturo tampoco se agachó para atender a la modelo, y siguió con los ojos su astracán que se perdía ya en el Jueves normalizado.

 

 

 

 

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