Jueves II

Escrito por on octubre 29, 2015 in Los jueves de la calle Feria | 1 comment

 

Fusil asalto

 

 

 

Lo del fusil era un encargo. Ella es demasiado bonita para esto.

A la rubia se lo pedí yo porque sabía que Habermas le haría un buen precio y sobre todo porque podría llevárselo antes de que yo reuniera todo el dinero. Luego supe que una vez apoyado en la contraventana abierta de su estudio a ella le tentó la idea de quedárselo; creo que fue cuando Arturo se largó con la señorita aquella.

Si, lo del fusil se me ocurrió la primera vez que fui al jueves temprano. Yo le había insistido en muchas ocasiones a Darnaude que me dejara acompañarle a esas horas pero él no terminaba de encontrar mi idea conveniente. Aún era pronto. Para él era como un rito iniciático que no estaba dispuesto a mostrar a cualquiera. Habíamos conversado antes en los bares; incluso habíamos comido juntos en su casa y había venido a la mía a conocer a Mies y al galápago. Sin embargo no fue hasta lo de las cartas que empezó a valorar la posibilidad de llevarme un jueves de madrugada. Entonces vi el fusil; Habermas acababa de sacarlo envuelto en una vasta tela roja, aunque no me atreví a acercarme.

_ ¡Rebeca! ¿Qué estás mirando? Te quedaste atrás y ya sabes cual es el trato.

Su tono era inquisitorial, extremadamente exagerado. Además, Darnaude volvía a confundir mi nombre, puede que, distraído,  también se hubiera confundido de persona pero lo que me acababa de dejar claro es que no le había pasado inadvertido mi objetivo. El objetivo, el objeto deseado de ese jueves.

Con él aprendí a controlar el impulso por la adquisición de objetos. Desde que se vio obligado a regalar series completas de novela negra en bolsas de plástico para poder acceder al interior del cuarto limitaba sus adquisiciones semanales a uno o dos libros y sólo a una filigrana minúscula si era lo bastante absurda y bella. Darnaude tiene el ojo mejor calibrado que conozco y una tendencia natural a lo exquisito; no en balde había sido su talento de oteador hebreo que El  Barón pagó durante años lo que le puso a salvo del trabajo.

Volví a su lado y caminamos el jueves en silencio. Observé casi sin respirar como cerraba un trato y conseguía por menos de diez euros un buen puñado de hojas ilustradas de una biblia copta; estábamos convencidos de que se la habían repartido esa misma noche para asegurarse mejores ventas y, entusiasmados, dimos dos vueltas más buscando inquietos entre los nuevos vendedores. Empecé a creer en eso que Darnaude siempre había dicho de que veinte euros en El Jueves eran una fortuna. Cuando Habermas se enteró de la noticia quiso arrancarse las barbas por no haber sido él el depositario de aquel magnífico ejemplar que un despistado  infeliz colocó tan torpemente en el mercado. Así que mientras Darnaude le mostraba las hojas ilustradas y el otro disimulaba sin éxito su envidia insana, yo me quedé atrapada en la culata de cedro que asomaba entre la tela roja mal doblada sobre el suelo. Estaba cayendo en la trampa subyugada por la libertad que me ofrecía el arma. Caía y todavía guardaba la lucidez necesaria para darme cuenta de que estaba siendo seducida como quién lee a Ortega, pero no tenía voluntad suficiente para repudiar el engaño. Deseaba el arma. La quería. Había compuesto mil veces la escena en mi cabeza: un aria recurrente, violines trágicos, la tapia y el disparo. Y aquel silencio redentor devolviendo la tersura ficticia de los días.

_ Yo no me encapricharía de algo marcado con orines_ dijo Darnaude.

_ ¡Maldito can! ¡Ha vuelto a hacerlo!

Habermas agarró el fusil envuelto en la tela y le dio un culatazo en el lomo al perro de la Resti. La Restiputa empezó a lanzar insultos desde El Vizcaíno amenazando con arrojar a Habermas un bafle que había comprado esa mañana y una muchedumbre suicida se concentró a husmear junto a nosotros.

Darnaude me miraba ahora horizontalmente, sin la actitud rapaz que lo retiene en mi memoria. No había que ser especialmente listo para saber que al final _si había un final_ me ayudaría a hacerlo.

 

 

 

 

 

1 Comment

  1. Cada vez escribes mejor, Rebeca….

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