Jueves I

Escrito por on octubre 22, 2015 in Los jueves de la calle Feria | 0 comments

Inagen: Ruben Vega. En el estudio de Cristina Rosenvinge Imagen: Ruben Vega. En el estudio de Cristina Rosenvinge

 

Había que ser muy imbécil para marcharse así. ¿Acaso no había reparado en los noventa últimos poemas de Pessoa en la balda de aquella estantería? Nadie cambiaría una nariz como la de La Bergman apuntando al cielo y anticipando ya el desafío visceral de los recién nacidos. Pero igual aquel cretino se fue casi de puntillas un jueves que empezaba a amanecer.

Octubre, si no llueve, arranca con mañanas cobre muy breves; no tardan el cielo y el aire en virar hacia un metal más frío tipo estaño. En esta latitud aún se aguantan los balcones de par en par  abiertos, así que el primer café lo tomó sentada en la terraza. Pensaba en los puestos que habría que evitar esta mañana por eso del dinero y las preguntas, y se asomó confiada en un destino un poco más dócil que el de anoche y respiró al comprobar que Habermas no encontraría sitio para sus libros debajo de su casa.

Pensó en esa mujer apurando el cigarro, en la profundidad de su melena oscura; miró los dedos largos y amarillos de sus manos y luego sus pies y sus rodillas con toda la hermosura de la palidez pegada al hueso, y se preguntó qué diablos habría encontrado él, que en otro tiempo presumió de parecer un escritor maldito, en una modelo retirada. Si ella lo era todo, era poliédrica, tenía heterónimos y sus cincuenta años habían multiplicado por ocho y medio su atractivo. Y sin más drama que la falta de tabaco llenó las maletas que el infeliz esperaba recoger un día y se bajó al Vizcaíno.

El Barón ya estaba allí; tomaba algo en vaso y repasaba los títulos de las películas porno que había comprado antes de que llegaran los curiosos y profanos.

_ ¿Dónde vas a estas horas con esas maletas? ¿Olvidas que no hay trenes al infierno tan temprano?

_ ¿Al infierno? No lo había pensado… Pero creo que prefiero sacarle a esto algo de dinero, aún le debo a Habermas las dos obras completas de Dostoievski y lo del fusil de asalto.

_ ¿Y qué vas vender esta mañana?

_ Nada que  tenga importancia. ¿Vas a acompañarme?

_ ¿Siempre tienes ese gesto frío y displicente? Querida, por ahí asoma una manga de astracán  ¿Vas a librarte aquí de eso? No sacarás gran cosa.

Sin extender ni tan siquiera un plástico en la sucia acera colocó con poco cuidado el contenido de las maletas y dejó al Barón al cargo mientras en la otra esquina pedía dos cafés para llevar. El Barón no tardó en husmear_ siempre en busca de tesoros_ creyéndose a salvo de la mirada descreída de la rubia.

_ Arturo no es de los tuyos, no encontrarás nada. Le bastaba leerse un poco para ponerse a tono.

_ ¡Qué peinecitos tan encantadores! éstos me los guardo. ¡Y esta brocha de hueso!  No imaginaba yo al rebelde aficionado a la reliquia.

Se hizo un pequeño grupo delante de lo divino y de lo humano aireado del canalla. A la Restiputa no se le había pasado el abrigo de astracán y aunque era flaca como un perchero y se escurría en esas cuatro tallas de más, se lo llevó sin cicatear un euro. Darnaude  se hizo  entusiasmado con la caja de rapé. Alguien se interesó por el casco de Loewe y casi regaló el catálogo de Palazuelo que no quería ver más por casa.

_ Con esto le pago algo a Habermas y me dejo de callejear de más los jueves para no encontrármelo. Ya andaba amenazándome con registros policiales si no le daba el dinero o le devolvía el arma.

_ Umm… resulta de culto fetichista un fusil de asalto entre tus extremidades desnudas. ¿Se marchó antes o después de que lo compraras? ¡Definitivamente el tipo es torpe hasta con la literatura!

Un jovencísimo moderno se paró a mirar con una revista bajo el brazo.

_ Vamos. Ahora ése es más de la revista  Hola.

 

 

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