Bajos fondos

Escrito por on noviembre 24, 2015 in Relatos | 0 comments

Fuera hace un día de perros. El frío ha llegado de repente. Observo los soportales húmedos de la calle con las terrazas casi vacías. Sólo unos cuantos fumadores jóvenes y Augusto Zarco, resisten sentados calentándose las manos con el café de La Técnica; los demás están dentro de los bares o junto a mí, mirando como llueve a través de la gran ventana y hojeando libros. Estamos cómodos. Nosotros también tenemos café; pedimos que el proyecto nuevo incluyera una pequeña cafetería y una zona de sillones de lectura en torno al jardín de invierno. Hoy he venido a trabajar aquí porque han empezado las obras en los despachos. La junta directiva acordó que la primera fase se ocupara de la biblioteca y del aulario para que los chicos pudieran empezar el curso sin problemas y hace quince días que los dos edificios están funcionando. La obra se retrasó casi dos meses porque llegaron más libros y hubo que decidir sobre la marcha si se ampliaba el depósito, así que Teresa Don se ha jubilado sin poder inaugurar como responsable de área. Supongo que estará feliz. Nosotros estamos felices. Aunque ella pensó que nunca lo conseguiríamos, sobre todo que yo no lo conseguiría.

Entré en la dirección de esta escuela muy joven pero pude afilarle antes los lápices a dos de las mejores figuras de Europa en Suiza; aunque Augusto Zarco no me propuso para el cargo por eso, más bien tuvo que ver con mi paciencia o con mi manera de asistirle en algunas borracheras después de las clases del turno de tarde. Yo estaba solo, acababa de llegar de la capital y no compartía piso con nadie. Augusto Zarco era entonces un peso pesado en el centro; militaba activamente en todas las organizaciones nuevas que los alumnos creaban para demandar más fondos y siempre andaba indignado. Poseía un torrente de energía del que era difícil zafarse, sobre todo cuando terminaba la jornada laboral y podía entonces postular y beber sin tregua en la barra de los bares. Salíamos de la escuela juntos y, aunque me prometiera tomar sólo una copa breve, nos echaban a diario de La Técnica. Soportales abajo, lo acompañaba a casa caminando cuando su estado no le permitía coger el coche. Augusto Zarco ebrio era aún más locuaz, y apenas me dejaba apuntar algo en sus largos manifiestos sobre los problemas que tenía la escuela para afrontar las deudas o sobre la condición femenina que tanto le desconcertaba.

_Augusto, yo estoy convencido de que puedo hacer algo _Le dije interrumpiéndole envalentonado por la generosidad de la copa.

_¿Crees que puedes ayudarme con la camarera?

_No ¡Estoy hablando de la biblioteca!

Sentí que le decepcionaba profundamente mi respuesta y no creí que fuera a considerar mi ofrecimiento.

Al día siguiente recibí un correo suyo convocándome  esa misma tarde a una reunión con la plataforma. Casi todos eran alumnos y Augusto Zarco estaba sentado entre ellos. Teresa Don presidía la mesa y abrió la sesión con las deudas que la biblioteca tenía contraídas con la Librería Bauhaus y con la noticia de que Jorge Grau dejaba de aceptar a cuenta las peticiones de los de Orientación y Préstamo. Augusto Zarco se levantó furioso porque caía un bastión más y los chicos le siguieron alzando la voz; en medio de la rabia alguien propuso una nueva marcha hasta La Sede. Aguardé en silencio al lado de la puerta pero no encontré el momento para presentarme. Yo siempre fui un observador de fondo y sé que muchos me consideraron por eso un pusilánime. Pero conocía la situación y los enfrentamientos infructuosos con el Superior que tantas veces Augusto Zarco me había relatado y creía profundamente en que un cambio de actitud en las negociaciones nos salvaría un poco. Me acerqué hasta la mesa en medio de todo ese jaleo.

_¿Dices que quieres hacerte cargo del asunto? ¿Me estás hablando de ocuparte personalmente?_ Teresa Don me preguntó con una forma tan retórica que repugnaba.

Teresa Don desaprobó la iniciativa atendiéndome rápido con la condescendía que emplean algunos adultos con los niños o los recién llegados. Aquello me dolió.

La marcha no tuvo éxito. Yo continué en la plataforma y en los bares, intentando inútilmente que Augusto Zarco me diera crédito; pero él se volvía cada vez más inflexible a medida que pasaban los meses y los fracasos, y se concentraba en los whiskies con agua que le ponía de tapadillo la camarera en tazas. Un grupo reducido de alumnos exaltados de segundo se había unido a nuestra rutina nocturna. Los chicos estaban fascinados con Augusto Zarco. En mí no repararon nunca. La juventud, si redescubre la injusticia, admira el puño y no la palma. Además Augusto Zarco no sólo había estado en el partido mítico sino que además lo habían echado; era un excombatiente carismático y gracioso. Sus continuos devaneos con la camarera habían hecho devotos a los jóvenes.

_Señorita ¿Usted cree que podría ser adultera?

_¡Augusto! querrá decir adúltera.

_De ninguna manera. Adultera señorita. Se lo digo porque yo soy menorero.

Y los chicos se partían de la risa y Augusto Zarco invitaba a otra ronda.

Luego, de vuelta a casa por los soportales, después de lamentarse por su soledad y por su mala suerte con las camareras, solía confesarme su desencanto ante la situación de la escuela y justificaba su inacción real con sus convicciones fatalistas acerca de la educación pública. Yo empezaba a entrever que él era, en el fondo, un hombre derrotado atrincherado en la protesta y que yo tenía un potencial extraordinario porque mi ilusión aún estaba intacta resguardada en mi segundo plano. Pero lo cierto es que, a pesar de mi potencial, fue Augusto Zarco quién ganó el cargo. Yo era cabeza de lista porque él pensaba retirarse pero, sin duda, aquella fue su campaña. No le interesó mucho mi trayectoria, creo que ni siquiera supo que yo tenía una trayectoria y que había estado en Suiza varios años con lo de Zumthor y que hasta dibujé parte del proyecto de las termas. No importaba. Mi nombramiento era una forma de premiar mi escucha y mi fidelidad de escudero. Por eso no fueron mis méritos los que pusieron a todo el alumnado de nuestra parte, soy consciente, sino su carácter atronador que había brillado en todas las polémicas y la gracia con que Dios, la Fortuna, el Destino o lo que diablos sea, toca. De esta manera gané el gobierno de mi ínsula.

 

Cuando Augusto Zarco abandonó definitivamente la escuela para dedicarse al amor y a otros proyectos, Teresa Don disolvió la plataforma. Los problemas económicos  habían aumentado, la biblioteca carecía de fondos actualizados y cualquier día los de la comisión técnica mandaban evacuar el edificio. Mi equipo, que era el equipo de Augusto Zarco, sin Augusto Zarco olvidó pronto las protestas, asumió la situación y se limitó a ejecutar trámites burocráticos. Los estudiantes también parecía que se hubieran desinflado. Lejos de acomodarme en el desánimo, decidí pasar a escena y sorprender a todos. Nadie es imprescindible. Me atreví a cruzar solo a La Técnica  para tomar algo y charlar con la camarera, que tenía nombre y se llamaba Carmen. De pronto me sentí retado y poderoso. Jorge Grau apareció más tarde y hasta le invité a una copa.

Estaba deseando hacer las cosas a mi manera, con mucha educación, humildemente, no como ese Soberbio de Augusto Zarco que había estado entorpeciendo las relaciones con el Órgano de Gobierno tantos años. Así que una mañana me acerqué a los servicios centrales para ver al Superior.

_¿Quién solicita la entrevista, por favor?_ Dijo el secretario de la jefa de gabinete sin soltar el auricular y sin mirarme.

_El director de la escuela técnica_ Respondí ahuecando mi abrigo y muy atento a cómo sonaban las palabras.

_No se encuentra. Envíe una solicitud formal y el Superior le atenderá en cuanto pueda.

Esa misma mañana rellené la solicitud y la envié por correo. Esperé toda la semana sin respuesta. El lunes por la mañana telefoneé al secretario que no me recordaba; comprobó las solicitudes y después de varios minutos encontró la mía; me aclaró que debía ser más concreto en la línea de asunto. Rehíce la solicitud subrayando en la línea de asunto: Reforma y ampliación de fondos de la biblioteca técnica. El miércoles aún no me había contestado nadie y volví a telefonear al secretario; esta vez sí se acordaba de mí pero confundió mi nombre. Me mantuvo a la espera un buen rato y  finalmente me concedió una cita para la siguiente semana. Pero no me recibió el Superior, sino la Jefa de Gabinete. A la manera de Augusto Zarco, desplegando un encanto personal inevitable, me despachó con futuribles antes de que pudiera detectar las evasivas y explicarle nada. Teresa Don me lo había advertido, no pudo contenerse la impertinencia cuando fui a pedirle el informe.

_¿Acaso crees que Augusto Zarco no intentó ya esto? No conseguirás nada.

Esa estúpida mujer me ponía nervioso; ella y el grupito entero de estudiantes de la antigua plataforma que no habían visto en mí más que a otro satélite de Augusto Zarco sin identidad e incapaz de hacer nada sin su mando. La reunión me dejó rabioso, salivando de más y con la respiración agitada; el secretario de la Jefa de Gabinete sonrió sin levantar la cabeza. Yo detestaba perder las formas pero toda esta panda de provincianos me había llevado al límite. No regresé a la escuela. Caminé desorientado hasta el centro y pasé la tarde bebiendo en un pub inglés. Me quedé dormido sobre la barra hasta que una voz sonora me despertó. Era Augusto Zarco. Hacía meses que no lo veía, pero durante este tiempo tampoco me había podido sacudir de encima su presencia. Me saludó amable, dijo que tenía mal aspecto y me sacó de allí. Fue la única vez que Augusto Zarco reparó en mi aspecto. Yo estaba borracho. Recuerdo que caminé apoyado en él y que hablaba del amor y de una camarera y de un local de striptease que me animaría, nada más. Cuando desperté otra vez estaba arrumbado al final de otra barra, delante de un vaso vacío y una cuenta portentosa a favor del Dalila’s Club. Había muchas chicas solícitas y Augusto Zarco se perdía en el interior del local con una de ellas. No encontré mi abrigo pero salí de allí de todos modos maldiciendo mi suerte y a Augusto Zarco. Subí las escaleras del Dalila`s muy ansioso y  tropecé con alguien que bajaba. Caí al suelo.

_ ¡Mire por donde pisa!_ dijo con desprecio.

Me incorporé para increparle, harto de ser minúsculo. Reconocí la cara del Superior  a pesar de que nunca le había visto personalmente y me recompuse con una fuerza nueva. Le pedí disculpas llamándolo por su nombre y le extendí la mano presentando mi cargo. Su desconcierto y su vergüenza me alzaron. Creo que balbució algo intentando dar media vuelta pero yo le pasé mi mano por la espalda y mi carisma inesperado le comprometió escaleras abajo.

Pasados unos días regresé a los servicios centrales. El secretario de la Jefa de Gabinete me miro impasible.

_¿Tenía usted cita?

_No.

_Le recuerdo que tiene que rellenar una solicitud formal. Y no olvide ser preciso en la línea de asunto.

_Dalila’s Club. Entréguesela al Superior directamente.

Puse la solicitud sobre la mesa y me marché tardo y sin ruido.

 

 

 

 

 

 

 

Los de orientación y préstamo han dado el aviso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>